
Seamos honestos. La mitad de España más uno, la que profesa un sincero amor y devoción por el Madrid, se llevó un respiro el día que el Inter de Mourinho le mojó la oreja en el Camp ‘Mou’ y le dejó sin su final del Bernabéu. Y digo ‘su’ final porque el barcelonismo gritó a bloque la noche del Arsenal: “Sí, sí, sí, nos vamos a Madrid”. Eso se interpretó como un desprecio absoluto al Inter y como una obsesión reconocida de querer llegar a la final sólo por el hecho de jugarse en el santuario del eterno enemigo y el morbo añadido de ir a celebrarlo a Cibeles.
El Barça no quería ganar esta Champions. Sólo quería ganar en el Bernabéu para restregárselo el resto de sus vidas a sus ‘amigos’ merengones. El Barça olvidó que en el fútbol hay que actuar por pasión y no por resentimiento. Ha sido un equipazo durante un año irrepetible en el que ganó seis títulos, y cuando estaba a un metro de pasar a la leyenda lo tiró todo por la borda por acudir a su tradicional ‘madriditis’.
Al final, al Barça sólo le queda el consuelo de ganar la Liga, y eso que hasta el domingo le tendrá el Madrid contra las cuerdas. Un equipo capaz de llegar a los 99 puntos debería haber celebrado el alirón hace dos meses. Pero este Madrid de Pellegrini es como la gota malaya. Nunca se rinde y siempre está ahí en plan martillo pilón. Si a Clemente y su tropa blanquivioleta les dar por hacer una gracia esta Liga dejará pequeñas las dos de Tenerife. Sería increíble. Pero fútbol es fútbol, que diría el maestro Boskov, y por eso Guardiola no las tiene todas consigo.
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